En el contenedor había una valija marrón.
Muy vieja. Sin correas.
Estaba allí descolorida, rota, con manchas de humedad que el tiempo había ido
dibujando como un mapa.
La miré un rato largo.
No sé por qué, pero esas cosas siempre me hacen pensar que los objetos guardan
historias.
Historias que nadie cuenta, historias que se quedan pegadas al cuero, al cartón, a las
bisagras.
¿De quién habría sido esa valija?
Entonces me acordé de mi abuelo.
De aquel italianito de veinte años que, después de haber atravesado la Primera
Guerra Mundial y de haber enterrado amigos junto con su inocente juventud, decidió
tomar un barco con unas pocas monedas y muchas esperanzas.
Atrás quedaba una vida dura.
Pero ahora que lo pienso…
¿qué era exactamente lo que quedaba atrás?
Nunca me lo dijo.
Y recién ahora me doy cuenta de algo que es extraño:
nunca me lo dijo.
Su historia —la que él contaba— empezaba siempre en la guerra.
En el frío.
En la nieve.
En los pies helados dentro de las botas.
Y después, de golpe, en el barco.
Siempre el barco.
Con su pasaje en tercera.
Mi abuelo se llamaba Alfonso Scilinguo y había nacido en Sangineto, un pueblo
chico, donde la vida era simple y dura, y dónde irse no era una aventura sino casi una
salida obligada. De Italia hablaba poco, siempre lo mismo, siempre desde la guerraen adelante, como si todo lo anterior hubiera quedado en otro tiempo, o
directamente en un lugar al que no se volvía.
Yo crecí escuchándolo sin darme cuenta de lo que faltaba, de las partes que no
estaban, que no mencionaba, de sus silencios.
No sabía bien cómo había sido su vida antes de irse. No sabía qué había pasado en su
casa, con su familia, con su madre. Nunca supe si su madre salió a despedirlo o si
prefirió quedarse adentro, como si así pudiera evitar el momento.
No sabía qué lo había empujado realmente a tomar esa decisión. Solo sabía que un
día se fue. Y que no volvió.
El viaje empezó en un tren, eso sí lo contaba. Un tren lleno de hombres jóvenes como
él, algunos con cara de cansancio, otros con ojos que desbordaban esperanzas.
Muchos habían pasado por la guerra. Otros venían directamente del campo. Todos
llevaban algo parecido: una valija, poca ropa, y una idea bastante vaga de lo que era
América.
En ese viaje iba con su primo Francesco. De él hablaba un poco más. Tal vez porque
no se separaron enseguida. Tal vez porque compartir el viaje hacía que ese recuerdo
fuera más fácil de sostener. Francesco tenía claro que iba a Buenos Aires. Mi abuelo
no lo tenía tan claro. Sabía que cruzaba el océano. Sabía que se iba. Y con eso le
alcanzaba.
El puerto era otro mundo. Eso también lo decía. Ruido, gente, despedidas. Pero
nunca entraba en detalles. Nunca decía si alguien había ido a despedirlo. Nunca
nombró a su madre en ese momento. Si se sentó a recordar su infancia o si
simplemente se quedó quieta, entendiendo que ese hijo que se iba tal vez no volvería
Subieron al barco con muchos otros. Un marinero les indicó por dónde ir. Bajaron
una escalera, después otra, y llegaron a la parte donde viajaban los emigrantes. Ahí
empezó lo que él siempre llamaba simplemente “el viaje”.
Se muy poco de éste. Que al principio muchos se mareaban. Que después uno se
acostumbraba. Que los días se repetían. Que había gente que hablaba mucho y otros
que no hablaban nada.
Debajo de su cucheta estaba la valija.
Esa valija aparecía en todos sus recuerdos del viaje. Estaba ahi acompañando su
aventura de “hacerse la América”
Una vez contó que sacó un salamín que había traído y lo compartió con Francesco y
con otros. Lo decía sin darle importancia, pero yo siempre pensé que ese momento
tenía algo distinto. Porque no era solo comida. Era lo único que traía de su casa. Y lo
compartía.De la guerra no hablaba. Del pueblo, menos. Del barco, lo justo. Pero de esos
pequeños gestos, sí.
Cuando llegaron, alguien gritó. Nunca supo quién, pero contaba que alguien gritó y
todos subieron. Y ahí vieron la ciudad.
Montevideo.
No decía cómo era. Solo el nombre. Como si eso alcanzara.
Ahí se separaron. Francesco siguió para Buenos Aires. Mi abuelo se quedó. Bajó del
barco con su valija y empezó la otra vida..
Pasó por el Hotel de Inmigrantes, hizo los trámites, esperó. Después consiguió lugar
en una pensión en La Unión. Ahí empezó su vida en Uruguay. Ahí empezó, también,
la parte de la historia que sí conozco.
Después vino el trabajo. María Rosa, la gallega, que lo acompaña y llenó su vida.
Después vino la familia. Todo eso sí lo contaba. Con detalles, con anécdotas, con
nombres.
Pero Italia no aparecía.
Nunca.
Y ahora, mirando esa valija en el contenedor, entendí algo que antes no había
entendido.
Capaz que no es que no quiso contar.
Capaz que lo que quedó atrás dolía mucho contarlo.
O no tenía sentido traerlo.
O no entraba en la vida nueva que se había construido.
Mientras pienso en todo aquello a lo que ya no tendrè respuesta, veo la valija que
seguía ahí, en el contenedor, abandonada.
Y por un momento pensé que, en el fondo, todas las valijas de los que se fueron se
parecen un poco.
No por lo que llevan.
Sino por lo que dejaron.
Reynaldo Louise
